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Puno

Salir del clóset, para luego salir por las ventanas

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“La esperanza nunca será silenciosa” Harvey Milk.
La política representada ha mostrado su rostro más infame, y ha vuelto para hacerte recordar que la sonrisa esbozada en campaña se vuelve en indiferencia y rechazo cuando se trata de defender los derechos de quienes los mantienen día a día con sus impuestos. La representación parlamentaria, blandengue como ella sola puede ser, ha vuelto a llenar las planas de los periódicos en los que demuestra su precariedad para poder pensar más allá de la moral religiosa o de esa cojudez a la que llaman familia tradicional. Lector religioso, si estás leyendo esto, estás a tiempo de abandonar este espacio; porque no pensamos bajar el calibre ante el atropello y la canallada.

Mira mamá, un cojudo.
Mira mamá, un huevón.

No contentos con brindar espectáculos tristes en cada sesión, no contentos con legislar entre gallos y medianoche cuando sí les conviene avalar políticas públicas mediocres; siguen perpetuando la postergación histórica y hacen de la negación una costumbre institucional de este Estado que no les pertenece, que no es su chacra. Siga volteando la mirada, señora congresista. Siga haciéndose el huevón, señor parlamentario. Pero eso sí, no crea que el cargo le durará toda la vida. No crea que la indignación no crece, y que detrás del adjetivo “maricón” se esconde la cobardía. Todo lo contrario; si por la población LTGB fuera, estaría atado y montado en una burra de regreso a su casa.

Otro huevón
Otro huevón.

La retahíla de vergonzosos argumentos que alimenta al parlamentario religioso promedio, (porque tenemos varios de estos imbéciles) va desde culpar a la unión homosexual de las transformaciones demográficas en Europa Occidental, pasando por comparar el afecto entre personas del mismo sexo con la zoofilia o la pedofilia; hasta llegar a asumir que el riesgo del reconocimiento incrementará la homosexualidad (¡Habrase visto semejante salvajada!) tal como lo haría la legalización de los narcóticos con la drogodependencia.

Sin embargo, lo que demuestra la enfermedad de nuestra sociedad es la poca capacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro. La calle alberga ese penoso susurro: “pero la mayoría de la gente no quiere a los maricas, pues” o “así es la democracia, la mayoría manda y ya bastante tienen con que se les perdone el pecado”. Esa comprensión retrasada de la democracia, que nos hace pensar que esta es la simple suma de 50+1; nos está pasando factura. ¿El resultado? Seguiremos siendo cómplices de los crímenes de odio, de que un “marica asesinado”, “leca muerta” o “trans gomeado” no sólo llenen las páginas de la prensa amarilla, sino que sean motivo de estúpido festejo. “Debe ser castigo de dios, uno menos”. Y eso que aquí no enumeramos la imposibilidad del heredar, del acceder a un crédito para comprar bienes conjuntos, o del visitarla cuando padezca enfermedad en hospital; hasta llegar a la simple compañía en el lecho de muerte. Así de jodidos estamos.

Veinte años de conflicto armado no han sido suficientes para enseñarnos que el ombliguismo cultural es la peor de las negligencias. Pero una cosa queda ya bastante clara: esta pelea recién comienza y se hará voz a voz, grito a grito, marcha a marcha, piedra a piedra. Porque a la marginalidad de la mujer, del analfabeto, del anciano, del indígena, del campesino, del migrante, del quechuahablante, del colorpuerta, pretenden sumarle el del homosexual. Esta no es una batalla sólo para confesar a la familia una orientación sexual, es para quebrar el falso imaginario de las instituciones tradicionales. Esta no es una pugna que se queda en salir del clóset. Es necesario también salir por las ventanas, para luego conquistar la libertad.

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