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Crónicas de la choledad: Collacocha y el camino del progreso peruano

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Nos levantamos, caminamos, nos transportamos en custer o en motokar y llegamos a nuestro destino. El terminal está ahí y trepamos al primer bus o colectivo que nos ofrezca un precio módico. “¡Amiguito, ya salimos!”. “¡25 soles a Huancayo!”, “¡30 soles a Huaraz!”, “¡15 soles a San Ignacio!”, “¡40 soles a Trujillo!”, “¡30 soles a Satipo!”, “¡10 soles a Mazamari!”, “¡25 soles a Chiriaco!”. Salimos de la ciudad y la carretera se extiende frente a nosotros. Miramos el paisaje sin sospechar que estamos flotando sobre los cadáveres de decenas, de cientos, de miles de obreros. Sus cráneos aplastados sostienen el sistema carretero de esta nación y la brea, la brea es su sangre, hipócrita pasajero y lector.

Transportarse a través de montañas, bosques húmedos y desiertos se ha convertido en una ruta usual para millones de peruanos. No hay pasajero que sepa la historia de esos caminos, solo somos testigos de lo ya dado, de lo ya acontecido. Nuestros ojos han domesticado la carretera y a sus personajes hasta convertirlos en accesorios de un mero viaje más. Y Collacocha, obra escrita por Enrique Solari Swayne, es literalmente un aluvión que arrastra y sepulta el sonido cotidiano de los motores de los buses, colectivos, motokars y camiones contemporáneos, revelándonos que somos hijos del abismo. Collacocha cumple así con el objetivo de cuestionarnos sobre nuestros actuales privilegios como ciudadanos y pasajeros del progreso.

En un primer momento, el ingeniero Echecopar es el personaje quién nos guía a través de túneles intrincados hacia una visión de país que actualmente sigue vigente: el progreso por el progreso. Sus huesos y los huesos de sus obreros serían el asfalto por donde iría fugaz e iracundo el Perú moderno. Y nosotros los Jacintos Tairas de los cientos de miles de San Pedro de Lloc seríamos los conductores hacia un país integrado y… y… hasta que una pequeña quebrada se convierta en un aluvión que nos arrastre otra vez hacia la oscuridad del abismo. ¿No les suena familiar este paisaje de avance y destrucción a la vez? Hay cientos de conflictos sociales al interior de este país y el progreso por el progreso obnubila la mente de nuestros políticos, empresarios y ‘líderes de opinión’ quiénes reclaman nuestros huesos como el nuevo asfalto del Perú del siglo XXI.

Echecopar definitivamente es un personaje actual. No obstante, su idea de progreso se topa con un aluvión que es más que un conjunto de piedras y barro. ¿Sí o no, Bentín? Su presencia aunque timorata y disminuida frente a la voz del ingeniero Echecopar, es también un aluvión que asomaba en la década de los 50s. Solari Swayne, al interior de este túnel, retrata a Bentín como una voz disidente que representa los intereses del proletariado indio y campesino frente a un envalentonado Echecopar. Bentín es el prolegómeno del movimiento reivindicatorio que ahora se ha instalado parcialmente en este país.

¿Y nosotros, el auditorio? Concluida Collacocha, nos reconocemos pasmados como un elemento constituyente de la obra de teatro: nosotros somos también los obreros. Hemos gritado y llorado al ser sepultados por el aluvión. Nos hemos integrado armoniosamente con el guion quien nos depositó en el mismo camino por donde pasarán más Jacintos Tairas. Y, por ello, Collacocha genera en nosotros la sensibilidad de la justa memoria por los olvidados, desplazados y sepultados.

Quiero concluir esta Crónica de la Choledad, exhortando que, en este mismo túnel, hallemos una flor que de fe de la existencia de varios Collacochas porque aquí en este país sí ha pasado algo, ¡sí ha pasado algo! Apago la grabadora.

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