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Puno

Ni una menos, por Carmen Ilizarbe

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¿De dónde salió este fenómeno? ¿Cómo así veremos hoy la más grande protesta social de nuestra historia en las calles de todo el país?

Contra lo que suele suceder con las protestas, esta sí tendrá cobertura mediática y titulares, e incluso los ha tenido antes aun de producirse. Ya ha logrado apoyo explícito de importantes instituciones y autoridades del estado y de la sociedad civil, de los medios y hasta de empresas que se apresuran a colocar sus logos cerca del fenómeno social más importante de este año. Quienes se oponen han ido bajando el volumen a sus críticas y ahora se ven como un puñado de personas y grupos desfasados, desenfocados. La protesta ha empezado a dar frutos aun antes de producirse. ¿De dónde salió y cómo ha sido posible todo esto?

Empezó con la indignación frente a la enésima sentencia judicial exculpatoria que institucionaliza el despojo de derechos fundamentales de las mujeres. Se sostuvo en la rabia por la legitimidad que tienen en nuestra sociedad la violencia sexual y el feminicidio expuestos en fotos, titulares y reportajes televisivos que los normalizan como actos aislados, nunca como el cáncer social endémico que son. Creció con las arcadas que nos produce reconocer que vivimos en la violencia porque el abuso, el maltrato y la violencia están inscritos en la cotidianidad de nuestras vidas, de las de todas, en todas las dimensiones de nuestro mundo y en todos los grupos sociales.

Y cristalizó con la solidaridad, con el re-conocimiento y la memoria hecha palabra, con la escucha y el abrazo virtual, con las lágrimas compartidas, con la garganta hecha un nudo y los puños cerrados. La certeza de ser miles y millones nos permitió pasar de la impotencia solitaria y silenciosa al grito colectivo y público que afirma la decisión de cambiar nosotras mismas las cosas, de remover las instituciones y los comportamientos, los sentidos comunes y hasta la imaginación. La palabra y la acción son el motor de este poder emergente, que hoy se hará visible y palpable, conmensurable. La marcha será multitudinaria, la más grande que hayamos visto, congregando a millones de mujeres en todo el país y también a varones y familias enteras, y a organizaciones diversas que hoy querrán decir en voz alta que la violencia contra las mujeres debe terminar.

Y es que lo sabemos: las vidas de las mujeres valen menos, nuestros cuerpos no son nuestros, nuestras capacidades y trabajo tienen siempre menos reconocimiento y retribución, tenemos menos derechos porque no podemos ejercerlos en igualdad de condiciones. Las cifras que han circulado en estos días no son una novedad, pero nuestra sociedad vive acostumbrada a ellas, reproduciéndolas y legitimándolas como si en realidad no hubiera nada qué hacer. Pero hay mucho por hacer, todo por hacer. Y la marcha quiere decir eso, que aquí empezamos, que el primer paso es afirmar esta verdad invisibilizada por la ideología del machismo y la estructura del patriarcalismo: que las mujeres vivimos en una situación de subordinación y hasta dominación que se sostiene en el ejercicio de múltiples formas de violencia, en todos los espacios sociales.

La violencia es el mecanismo de control de nuestros cuerpos y nuestras vidas, es lo que nos mantiene a raya cuando queremos hacer uso de nuestra libertad, es lo que nos ha hecho callar y temer. Y está instituida en todas partes: habita las camas y las casas de las familias pobres y las adineradas, de las que tienen bajo nivel de instrucción y de las que acumulan grados y títulos; se reproduce en los contenidos de los programas de televisión, en la publicidad y en las películas pero también en los currículos escolares y universitarios; se manifiesta en las empresas y en las universidades y en los organismos del estado; se fortalece en las comisarías y en los tribunales con la venia del Congreso y el Ejecutivo; habita las calles, los parques, los taxis y el transporte público de día y de noche. Lo sabemos, vivimos en la violencia. Pero no lo queremos, ya no lo aceptamos, nos rebelamos.

Esta marcha es política, claro que sí, porque es el fruto del acuerdo consciente y solidario de iniciar una lucha transformadora, liberadora. Y es también democrática porque es una acción ciudadana, colectiva y voluntaria, que se afirma con plena conciencia en el derecho a tener derechos. También es democratizadora porque va a hacer pedagogía política en una sociedad aletargada frente a la violencia cotidiana en sus múltiples formas. Alzamos las voces, sumamos los cuerpos, ocupamos las calles y exigimos justicia. Reclamamos un cambio profundo, a todo nivel, nos hacemos cargo, nos movilizamos, nos visibilizamos, nos politizamos. Vamos a cambiarlo todo, vamos a reinventarlo todo. Juntas, juntos, podremos. NI UNA MENOS.

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