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Puno

Por Semana Santa, mi flaco me prometió ir a Ayacucho, pero solo me llevó a Huancayo

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(Verónica, 26, San Juan de Lurigancho) Tío Vladi, te escribo porque deseo que me aconsejes en este difícil momento. Ahorita estoy en el Terminal de Huancayo esperando que mi Apocalipsis se aparezca. Bueno, te explico, mi querido tío Vladi. Mi enamorado y yo estamos cumpliendo casi un año de flacos. Lo quiero a pesar de su obesidad mórbida y que nuestro único tema de conversación son sus papers sobre Corazón Serrano.

Le insistí para irnos así como quien no quiere la cosa pasar la Semana Santa en Ayacucho. Tío Vladi, ya estoy harta de irme solamente a Marcahuasi, San Pedro de Casta y Chosica. Este año quería algo chévere, o sea Ayacucho. Le confieso que ese siempre ha sido mi sueño por estas fechas. Él me respondió: “Sí, mi amor. Pero primero déjame contarte cómo se fundó tu barrio. ¿Sabías que un grupo chichero la fundó?”

Yo dejé que me cuente por enésima vez cómo se había fundado mi barrio. Pensé para mis adentros: “A cada rato me cuenta esa historia de mierda, pero no importa: ¡este año me voy a Ayacucho!” Ya me estaba alucinando visitando las 33 iglesias coloniales, tragando puka picante en la Pampa de la Quinua, yendo al museo de Wari, lanzando en el mirador de Acuchimay, siendo mojada por un camión de bomberos en la Plaza Sucre, tomando fotitos del jalatoro, tragando en cantidades industriales muyuchi, desayunando en el Vía Vía y toneando con El Encanto de Corazón en la Feria de Canáan.

Ya había preparado todo un recorrido buenazo, tío Vladi. “Esta vez me compró dos tablas de Sarhua en el Centro Cultural de la UNSCH”. Ayacucho es el mejor lugar para ir en Semana Santa. Quería amanecerme con mis rones en la Plaza Sucre. Carajo, además esa ciudad se vuelve cosmopolita. Me podría encontrar con un culo de gente nueva: desde noruegos hasta puneños. Tío Vladi, yo tenía ilusiones. Tío Vladi, yo creía en un mundo mejor…. pero no. Nada de eso pasó.

Cuando llegó el día esperado, mi flaco me dijo que nos encontraríamos en Grau con Abancay. Lo esperé durante tres horas. ¡TRES PUTAS HORAS!, ¡ALLÍ CON MIS MALETAS TRES PUTAS HORAS! Al llegar, él me dijo que tuvo un contratiempo familiar. Pero en realidad se había quedado dormido. No importa, me hice la cojuda y le perdoné, “¡total, me voy a Ayacucho!”. Paró un taxi y le dijo: “A Yerbateros, jefe, ¿cuánto?”. Pensé que estaba bromeando… era broma, ¿no? Tiró mis maletas en el asiento, cerró la puerta y ahí estábamos… yendo hacia Yerbateros.

Había un culo de gente tratando de subirse a los buses camión. Yo me quedé impactada. “¡60 soles para Huancayo! ¡50 soles para Jauja!, ¡HUANCAYO!, ¡HUANCAYO!”. Tío Vladi, yo le había dado 300 soles para que compré con anticipación mi pasaje de avión en LAN. Me prometió que lo haría, pero me metió la rata. ¡LE HABÍA DADO LA PLATA HACE MÁS DE UN MES!

Yo me puse a llorar. Mi corazón se hacía muyuchi solo al pensar que no estaría borracha en Ayacucho. Él se acercó y me dijo que había mejores cosas que ver en Huancayo que en Ayacucho. “Huancayo es el lugar con más monumentos histórico-culturales del Perú. Nadie lo sabe, solo yo lo sé. Hay más iglesias barrocas que en Juli. Huancayo se caracteriza por saber conservar su patrimonio. En su centro histórico no hay edificios que tengan más de tres pisos. Cusco es una zapatilla vieja a su lado”.

Le creí y nos subimos a un bus de la empresa Apocalipsis. Entre niños llorando, bultos de ropa, señoras buitreando y un vendedor de productos naturales nos enrumbamos hacia Huancayo. “Así que Huancayo tiene más monumentos histórico culturales que Ayacucho. Interesante”, pensé.

Me dormí gracias al dulce ronronear del motor del bus camión. Llegamos a Huancayo y no, no era Cusco y menos Ayacucho. La arquitectura del lugar era deplorable. Tenías hoteles de 15 pisos con lunas azules al costado de una casa republicana que era cabina de internet y chifatelo. Las calles estaban atiborradas de borrachos limosneros. El olor a alcohol metílico era impresionante. No vi ningún puto árbol o plazoleta colonial en el centro de esa ciudad. Lo que más abundaban eran las pollerías, cantinas, tiendas BATA y filiales de Caja Huancayo.

Fuimos al Cerrito de la Libertad, el cual era un tétrico mirador. Pude observar cuán gris era Huancayo. Allí me invitó un plato de trucha medio crudo. Pasamos la noche en un hotel llamado Pussy Cat en Giraldez. No había agua en el baño. Luego nos metimos a un sauna donde salimos ambos con conjuntivitis y hongos en manos y pies. La Catedral de Huancayo tiene tiene la misma decoración que cualquier parroquia de barrio. Su centro histórico no tiene ningún museo decente. Lo que sí abunda es el pollo a la brasa, el cual es su plato típico. Borrachos por todos lados. Es una ciudad que no merece estar en el recorrido turístico de ningún país, hasta Corea del Norte tiene más espíritu turístico que Huancayo. CONSEJO DEL TÍO VLADI Ay, Verónica. Huancayo es una ciudad comercial, COMERCIAL. Allá los únicos que van son puneños para hacer negocios y jóvenes asháninkas para buscar empleo.

El gringo o turista nacional que cae por ahí sabe que lo único que va a encontrar es…. nada. La ciudad de Huancayo no tiene nada que ofrecer, salvo alcoholismo y pollo a la brasa. Yo que tú jamás vuelvo a escuchar al pichirri de tu novio, chama. Na’guara. Mándalo para el coño de su madre, chica y vente con este negrito.

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