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Crónica de la choledad: De la cabina de internet a la performance del cholo en la web.

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Es un lunes cualquiera en la vida del especialista en cholos, o sea yo. Sigo de vacaciones y mis actividades intelectuales principales se remiten a darle like a fotos de mis alumnas mientras pienso cómo escribirles un inbox invitándolas a beber chilcanos. Yo no bebo mojitos, esas son cojudeces de Faverón. Así que no me difamen y sean sinceras y sinceros: yo bebo chilcanos. Anyway, mientras le voy dando likes y comentando fotos de estas estudiantes de la Maestría en Estudios Cholos que yo dirijo, algo llama mi atención: ¿es quizás la performance de mi mouse?, ¿o es quizás que veo a varios ilustres personajes de la intelectualidad interbarrial (i.e Miraflores y Barranco) quiénes ahora se reclaman como especialistas en cholos? Mientras le voy comentando a mi alumna cuyas iniciales son M.Y.D.L.A.O.P.A.Z.U.V (22), alias “La Puchi”, sobre cómo yo descubrí la choledad en una playa de Piura, me fijo en un comentario donde un idiota le estaba floreando que él también era especialista en cholos.

Hace tres años atrás estos mismos personajes acusaban al IECHPE (Instituto de Estudios Cholos del Perú) y a la gavilla de vendedores de Volt de mis asistentes (i.e los chanchorreporteros) como organismos vivos y reproductores del racismo y exclusión social. “Son unos racistas de mierda porque escriben cholos en sus notas. No se dice cholos, se dice emergentes o nuevos limeños. Solo así se reconoce positivamente la diversidad”. Francamente ese tipo de comentarios cuestionan a mi colon lo que produce en él ganas de expresarse nutridamente en mi wáter. De esa manera, me veo obligado a escribir arbitrariamente los inicios de la choledad en la web para luego hacer una conclusión en las nuevas prácticas de la choledad al interior de los espacios de intelectuales interbarriales (Miraflores y Barranco).

Primer escenario: La cabina de internet y el cholo de a sol.
En los barrios periurbano marginales de inicios de la década del 2000, la comunicación global se realizaba a través de las cabinas de internet. No obstante, antes existían las cabinas telefónicas donde te podías comunicar con la tía Mery quién vivía y trabajaba en Chile como mesera hace diez años o con el tío Lucho quién vivía en Miami lavando platos desde los 80s. Las cabinas de internet fueron una revolución gloriosa: podías ver imágenes y videos de mujeres desnudas de todo el mundo (gracias Petardas), accedías a una plétora de juegos en línea (Multijuegos), conocías los secretos del flirteo digital al iniciarte en Latin.chat, descargabas videos risibles de ElRellano y leías noticias de otras partes del mundo. La infancia y juventud nativa de los conos de la ciudad capital y de provincias interactuaba perfectamente con el resto del mundo a través de las cabinas de internet. Los young doorpeople eran sujetos globales. “¿Cuánto la hora?” “Un sol”. Y era un sol lo que les permitía acceder al mundo.

Ya no eran solo los young yachtcolor people quiénes consumían bienes culturales ‘gringos’ o ‘europeos’; sus pares marrones estaban a la par e inclusive más. Se enviciaron y crearon sus propios discursos de globalización, salieron más allá de sus conos y barrios periurbano marginales para interactuar con mexicanos, chilenos, colombianos y gringos a través de juegos en línea. Escuchaban heavy metal noruego, power metal finlandés, eurodance, chill out, hip hop francés, entre otros géneros musicales gracias a la cabina de internet. En el Perú, el internet definitivamente democratizo el acceso a bienes digitales culturales al Perú – al menos en este primer periodo. Todo era descargable, todo era on line. Y así se fue formando, a inicios del siglo XXI, una primera piara de brown guys con discursos contemporáneos de modernidad y globalización mientras que en el colonial Larcomar, centro comercial ubicado en el corazón de la intelectualidad interbarrial, aún te discriminaban por el color de tu piel.

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Segundo escenario: El cholo es apropiado en la web

Legitimarse en el escenario político a través de la web obliga a este grupo de jóvenes a dedicarse a escribir todos los días, a producir nuevos materiales audiovisuales, a contactarse con auspiciadores: en suma tener redes que soporten esta carga laboral. Sin redes, esta generación no tenía el tiempo ni ingresos monetarios suficientes para llevar a cabo proyectos nacionales. En medio de esta batahola ausente de propuestas, una experiencia interesante era el blog Choledad privada (Óscar Montezuma y Güero Gargurevich) la cual lamentablemente ha desaparecido. Personalmente, yo era un seguidor entusiasta de ese blog y quiero creer que mis vendedores de cargadores de celulares y yo seguimos una variante de ese camino. Cita su descripción para que ustedes, puercolectores puedan conectarse con ese espacio bloguero:

“Choledad privada es una vitrina abierta al afán de preguntarse acerca de cómo es el peruano bajo un formato lúdica, sarcástico e irreverente, que provoque una reflexión inconsciente en torno a quiénes somos, cómo somos, qué hacemos, dónde lo hacemos y -lo esencial- por qué, basado en una excursión sociopráctica en la realidad de Lima como espacio productor de sentidos de peruanidad, donde viven los sujetos que elaboran los discursos oficiales de nuestra peruanidad. El objetivo de este espacio es reflexionar sobre ese discurso, muchas veces artificial, muchas veces superficial y muchas otras veces netamente comercial, pero que no se refleja en prácticas reales de las personas a las que comúnmente se denomina cholos” (http://goo.gl/nX4pSj)

El personaje Chuto era icónico y, en ese momento, era perfecto para visibilizar al cholo en la web peruana. No obstante de acuerdo a su descripción, ellos no se reclamaban o legitimizaban abiertamente como cholos, más bien acercan a estos sujetos otros, o sea los doorpeople (o sea tú), a los estratos pudientes de Lima. Ser sarcásticos, incisivos y lúdicos a través de Chuto, pero no siendo Chuto. Esa creo que es la principal diferencia entre este blog ya extinto y El Panfleto (que eventualmente también se va a extinguir). En este corral mis asistentes de día y jaladores de colectivos de noche en La Colmena se reclaman cholos salvajes, marrones indecentes, doorpeople, una piara de impresentables sujetos periurbano marginales que son visibilizados a través de mí: la caricaturización y ridiculización constante del científico social blanco y pudiente. Si Choledad privada tenía a su cholo Chuto quién visibiliza al poblador marrón como irreverente y caricaturesco formador de la identidad peruano, aquí visibilizamos al poblador blanco como risible, predecible y con todas sus taras coloniales como remanente del racismo y exclusión aún peruanos. Nosotros le dimos vuelta a la torta a través de la voz enunciada desde esas longevas y pioneras cabinas de Lima Norte, del Valle del Mantaro, Ayacucho, Piura y Arequipa. Esa es la diferencia.

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Tercer y último escenario: Cuando el cholo alza la voz es malcriado, resentido y acomplejado, cuando el blanco alza la voz significa orden. La web como espacio democrático implica una subversión del estatus quo de una capa intelectual acostumbrada a lamerse y a leerse sus propias miserias reiteradamente.

Cuando los periurbanos acceden masivamente al internet, recrean su mundo adaptando los viejos códigos. No se desecha, no se bota pues vivimos en carestía constante. Aquí se recicla y se le da nuevas formas a través de la autoridad que nos confiere ser hijos de la necesidad. “Tenemos hambre”. Así, el acceso masivo a la web implicó necesaria y urgentemente un cambio entre las relaciones del yachtcolor people (la clase privilegiada) con los doorpeople (los excluidos que se autoexcluyen porque el racismo está en ti de acuerdo a la actriz Gisela Ponce de León). Nosotros nos vamos comprendiendo más y más como la imagen actual del país; de esa manera, la web es también una losa deportiva donde nos jugamos la pichanga por nuestra independencia de una intelectualidad interbarrial que es endógena, cerrada, exclusiva y excluyente por más buena onda que se pinten.

Nosotros no necesitamos actuar o parecer algo que no somos ni queremos ser. O sea nada que ver. No vamos a visibilizar a grupos de cumbia con décadas de giras nacionales e internacionales y con miles de discos vendidos a través de tributos, no vamos a darle voz a un cantante folclórico con más de 30 años de carrera artística, tampoco vamos a descubrir exóticas fiestas que tú tienes que ver; nosotros no somos parte de una visión condescendiente del país. Esa misma gente que ahora te rinde tributo y quiere conocer tu exótica cultura, te enseñó a despreciarte por tus orígenes culturales cuando eras adolescente, Steven y Yahaida. “Música de cholos, música de indios, música de chunchos, música nada que ver”. Te enseñó a despreciar lo andino, lo amazónico, lo mestizo a favor de la cultura milenaria europea. Ahora, ellos, te rinden tributo, ahora ellos te quieren conocer al darse cuenta que son europeos de quinta mano. Falsos, todos. Su globalización e inclusión es tan colonial que da risa. Son una falsificación de nuestra voz.

Nosotros nos exaltamos a nosotros mismos, es por eso que estamos condenados a desaparecer también. Nuestras redes se agotan y si no saltamos con el preciso impulso, nuestro pie derecho no nos va a sostener. ¿A dónde ir? ¿Qué cosas nuevas hacer? ¿A qué Apu habremos de adorar? ¿A qué nuevo gurú del internet tendremos que mermelear? Esas son nuestras dudas. No obstante, a pesar de estas preguntas 100tifikas, somos una generación que gracias al internet, entre otras variables más importantes, podemos expresarnos abiertamente en política nacional, cultura, etnomusicología y vida común. Seguimos siendo los chibolos de las cabinas que descubren nuevas páginas porno que ver, nuevos juegos para enviciarnos, nuevos diarios que leer y nuevas formas de vivir. Espero que algún día la figura del especialista en cholos desaparezca a favor del especialista en temas nacionales. Apago la resentida grabadora.

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