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Puno

Huevadas que paltean: Cuando el Cristo Moreno bajó de su cruz para ser discriminado en el Perú por negro

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El Señor de Pachacamilla se encuentra arrepentido de haberse bajado de su solemne cruz de cedro para subirse a otra llamada Pedú. Y es que el Hijo del Hombre se halló huérfano y confundido en un país donde lo rechazan por ser de una dudosa tez oscura. “Mira, amiguito, ve, circula, pues. No me malogres el negocio. Vete, pues. Voy a llamar a serenazgo para que te saquen, negro de mierda. Seguro eres roberto, ¡vete concha tu madre! ¡Fuera mierda!”, le grita un ambulante al Señor de los Temblores. El ambulante lo empuja y el Cristo cae por primera vez. Algunos niños se ríen, viejas señoras empiezan a cacarear y todos forman un círculo alrededor de él. “Abbá, ¿por qué me has abandonado? No entiendo este rechazo, ¿qué he hecho mal?”, se pregunta el Cristo Moreno mientras transita por la avenida Tacna. Señoras vestidas de morado agarran fuertemente sus carteras al verle el rostro; otros lo miran de reojo y meten sus manos en sus bolsillos. El Cristo siente que un sereno se le ha pegado. “Solo estoy viendo la procesión, hermano”, le dice amablemente. “Oe, zambito, yo no soy tu hermano. Te estoy chequeando. Cuidado que te levanto. Circula, circula, negro. No te pases de pendejo”. Jesús avanza lentamente. Sus barbas negras y brillantes iluminan la cuadra; él sigue la procesión. Ve como los fieles se persignan y lloran. Todos los fieles le rezan a la imagen de un hombre blanco de barbas rubias. “¿Quién será ese hombre? Tengo sed”, dice. Ha caminado durante varias horas y nadie le ha ofrecido una botella de agua. Se acerca a un joven a pedirle un poco de agua. El chiquillo medio asustado le da su botella de agua, Jesús le iba a agradecer cuando el jovenzuelo huye entre la gente. “¿Por qué se habrá asustado?”, se pregunta el Hijo del Hombre. La procesión sigue su recorrido y entonces él empieza a llorar. Sus lágrimas emanan perfume de jazmines y madre selva. Allí ve encima de las andas a su madre y a Magdalena llorándole a una cruz. “¿Volveré a cargar la cruz? ¿Volveré a estar con ustedes alrededor de la mesa y compartir el pan?”, se pregunta mientras el olor de la madre selva se esparce entre la muchedumbre. Siente que una mano le toca uno de sus hombros, él voltea. Es una señora de morado. “Joven, mira, esto es una procesión. ¡Aquí no se permite marihuana! ¡Malcriado! ¡Hereje! ¡Negro hereje!”, ella le grita al Hijo del Hombre. Él no entiende el por qué le grita. “¡TUS OJOS ESTÁN ROJOS, MARIHUANERO! ¡SEGURO TE HAS INYECTADO MARIHUANA! ¡HUELES A MARIHUANA! ¡POLICÍA, SERENAZGO!”. El Cristo Moreno tiene los ojos rojos por haber llorado y sus lágrimas huelen a madre selva, no a marihuana, vieja de mierda. Dos señores se acercan a él y lo empujan, lo empujan. Cristo tropieza con un vendedor de maní confitado y cae por segunda vez. Siente que le patean las costillas. “¿Volveré a estar con ustedes alrededor de la mesa y compartir el pan? Haced esto en memoria mía”, piensa.

Con sangre en la boca se levanta y corre, corre, El Señor de Pachacamilla corre… Sus manos sucias y magulladas agarran fuertemente un poste de luz. Respira, se agita, sus pulmones se llenan de aire y cierra los ojos. “Abbá, ¿por qué me has abandonado?” Se sienta bruscamente, su espalda se apoya en el poste y se limpia la sangre con un pedazo de su camisa. Un perro callejero se acerca a él y le empieza a lamer sus pies desnudos. El Cristo Moreno sonríe y le acaricia la cabeza peluda a Bobby. “¿Te has perdido como yo, Bobby? Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. El perro ladra y reposa encima del Hijo del Hombre. Ambos se echan a dormir en la calle. “Oye, despierta, negro, despierta”, una vara presiona su pecho. Es un sereno. Bobby empieza a ladrar rabiosamente. “Oye, zambo, controla a tu perro. Le voy a patear, ¡¿escuchaste zambito?!” El Cristo le acaricia la cabeza peluda al can. “Bobby, tranqui…” El hocico de Bobby se torna rojo. Un débil aullido señala que su espíritu se ha ido. Una patada mató al animal. Lo sostienen de su pellejo y lo botan a un lado de la avenida Tacna. “Tanta huevada, Ramírez. ¡¿No puedes con un perro, carajo?! Negro, circula o te llevamos a la comisaria. A ver, a ver…” El Cristo los mira con odio, por primera vez siente odio. Alza sus manos, pero los serenos lo agarran de su pantalón y lo tiran al suelo para golpearlo. Jesús está en el piso por tercera vez. Lo meten a la camioneta. Lo llevan a la comisaría. “¡LA PROCESIÓN! ¡Tengo que volver! ¡Tengo que volver a la cruz! ¡DÉJENME VOLVER A MI CRUZ!” Los serenos se cagan de risa. “Oye, ¿qué se habrá fumado este zambito? Ramírez, revísalo para ver qué tiene. Seguro tiene un poco de pasta. ¿Rico, no?” Las calles de Lima tienen matices de morado y el cuerpo del Señor de Pachacamilla se tiñe de rojo. Ahora la calma ha desaparecido y siente que otra vez su vida no vale nada. Se arrepiente de haber dejado su solemne cruz, pero ¿qué hacer?, ¿a dónde ir?, ¿a quién rezar?… y el cielo se abre y una luz detiene la camioneta. “Abbá, perdónalos porque no saben lo que hacen”, eso fue lo último que escucharon los serenos de Lima antes de observar cómo el negro ascendía a los cielos. Seguiremos informando desde el inframundo.

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