Según la flamante Universidad Nacional de Belleza Hueca (UNBH), el Perú no produce misses peruanas: produce “contenido con banda”, listo para ser ampayado, funado y reciclado en panelistas. La corona no es premio, es contrato de alquiler con el morbo, y la letra chica dice: “sonríe, representa al país y no seas humana en público”. Si fallas, te botan más rápido que currículum sin experiencia.
El certamen vende perfección, pero el Perú compra mejor el derrape. Maquillaje caro encima de una sociedad que necesita ver a alguien caerse, pero con pestañas. Y cuando la caída ocurre, todos se ponen serios como misa de domingo, aunque por dentro estén diciendo “pásame el video”. Nadie consume farándula; solo la “analiza” desde el celular.
La corona de las misses peruanas como aparato burocrático de humillación
El sistema es precioso por fuera y cochinísimo por dentro: te arma la imagen, te mide, te juzga y luego te exige “autenticidad”. Te quieren perfecta, pero accesible; fuerte, pero calladita. Si protestas, eres intensa; si te equivocas, te arrancan la banda como curita.
Un “funcionario” ficticio de la UNBH lo justificó: “La exposición construye carácter”. Ajá: carácter, ansiedad y un comité de tías fiscalizadoras. Porque en este negocio no hay privacidad, hay “contenido”; no hay error, hay “polémica”; no hay descanso, hay “mantenerse vigente”. La farándula internacional te mira un rato, acá te miran siempre, como serenazgo con binocular. Y cuando el escándalo explota, todos se lavan las manos: la organización “evalúa”, la prensa “informa”, el público “solo opina”. Se oficializó el descaro, se articuló la vergüenza, y listo. Y al final, el chisme cobra, aunque digan que no.

Cuando la banda se convierte en boleta de escándalo
Anyella Grados y la resaca que costó la corona
En marzo de 2019 circularon videos de Anyella Grados, entonces Miss Perú, en aparente estado de ebriedad durante un viaje oficial al Festival de Rioja. Ella denunció que la grabaron y difundieron el material sin su consentimiento y habló de tomar acciones legales. La organización terminó retirándole la corona. Lección peruana: te perdonan todo menos hacerlos quedar “mal” en redes. Y el país, juez sin toga, dio cátedra con una cerveza en la mano. Moral de cantina, país de selfie.
Rosa Elvira Cartagena y la corona que “se perdió” pero estaba bien guardadita
La historia es de antología: la destituyeron tras descubrir que mintió sobre un título previo (lo de “virreina” en Miss Ámbar), y encima se armó el drama de la corona valorizada en 100 mil dólares que “había sido robada”. Spoiler: después se supo que no era cierto y que la corona estaba en su poder. En Perú a eso no se le dice escándalo, se le dice manual de pendejada con brillantina.
Estefani Mauricci y el certamen huyendo de un pleito como si fuera incendio
Le retiraron el título de Miss Perú Mundo 2018 por “procesos legales personales” vinculados a una carta notarial donde un empresario (Luis Miguel Ciccia Vásquez) pedía la devolución de más de medio millón de soles. Ella respondió que era una intención de perjudicarla y que incluso habría recibido amenazas. Acá el glamour duró lo que dura una notificación: llega el papel y todos corren como si la banda fuera contagiosa.
Maricielo Gamarra y la pandemia como prueba de “responsabilidad” que se jaló en vivo
En 2021, Jessica Newton anunció su destitución como representante peruana rumbo a Miss Grand International tras filtrarse imágenes de la modelo asistiendo a reuniones sociales en estado de emergencia por COVID-19, conducta que calificó de “irresponsable”. Lo delicioso de este caso es el tono: el país entero hacía trampa como podía, pero a la miss le exigieron santidad de vitrina. La organización no la sacó por romper reglas: la sacó por romper el show.
Melissa Paredes y la “renuncia voluntaria” con cara de expulsión elegante
Fue coronada Miss Perú Mundo 2013, pero terminó renunciando tras publicarse imágenes donde posaba con lencería. En su momento se presentó como decisión propia, pero años después ella sostuvo que esas fotos habrían sido un pretexto para sacarla del certamen. Clásico de oficina peruana: te botan con sonrisa, te dicen “todo bien” y te piden que firmes tu salida “por mutuo acuerdo”. Glamour corporativo, carajo.
Lo menos glamoroso siempre fue lo más rentable
El público exige “ejemplo” y consume caída. Pide “valores” y aplaude el pantallazo. Luego finge sorpresa, como si la fábrica no existiera.
Así funciona: las misses peruanas son vitrina y también chivo expiatorio. Brillan para vender fantasía y se rompen para entretener. Y el país mete la mano igual, porque el morbo paga, carajo.
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