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Ensayos sobre choledad: El nacimiento del pituco como categoría de análisis – Capítulo II

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En el capítulo anterior exploramos el nacimiento del concepto pituco y cómo este presenta características distintas a los considerados –por autores como Mosca y Pareto– como élite política. Esta sección explorará las relaciones de poder y la formación del Estado peruano racista bajo las normas establecidas por el comportamiento hegemónico pituco.

El pituco, el poder y el Estado racista

Antes de continuar quiero dejar en claro un concepto. Atribuyo a los pitucos, una posición de poder –no obstante frágil–, pero poder al fin. Poder, en el sentido Foucaultdiano del término: hegemónico. Ese poder que no se encuentra centralizado en el Estado o a una estructura política, sino en relaciones cotidianas, que –a su vez– generan relaciones de poder con el Estado. Es decir las formas de poder en la vida diaria también se convierten en formas de poder en la vida política del Estado (esto último, lo dijo Foucault en 1978[1]). Son dos caras de la misma moneda. Por ejemplo, las formas de comportamiento pitucas, forjadas en el privilegio, no consideran la protesta como parte de su repertorio, al contrario, este es un comportamiento excluyente, un comportamiento que aparta a los trepadores de la pirámide mental-social donde el peruano promedio vive. Esto tiene repercusiones políticas: estructura una forma de gobierno que restringe derechos. Protestar entonces, se conjuga con un valor: se vuelve malo, y hacerlo automáticamente circunscribe a quienes lo hacen en los márgenes de la sociedad y fuera de las reglas socialmente legitimizadas por la hegemonía pituca.

Entonces, el poder, si bien es una relación causal entre dos sujetos, también se manifiesta de formas más sutiles e invisibles y se materializa en relaciones diarias a través de tecnologías del poder: formas de hablar, caminar, mirar, responder y comportarse tienen en sí tecnologías dirigidas a controlar y hacer hegemónico el poder, su poder. Un pituco, por ejemplo, es la materialización no hablada del poder; es un grupo de actitudes, usos, costumbres y consideraciones propias de un país postcolonial. Nuevamente, hago la aclaración, el poder y las características de una élite no son compatibles con los pitucos. Ellos tienen un poder hegemónico derivado de la herencia colonial, pero no tienen capacidad de dirigir. Su poder –el poder pituco­– tampoco procede del conocimiento (en general el nivel intelectual del pituco es malo) o la ultra especialización, no. El poder pituco es racial. Me explico.

Una reciente encuesta de El Comercio menciona que el 2% del país es blanco, mientras que el 70% del país es mestizo o indígena. Del 2% blanco, el 14% es rico, mientras que ninguno (cero, 0) indígenas lo son. De los mestizos, que suponen el 53% de la población, solo un 1% es rico. En un país neoliberal como el Perú, la idea de riqueza y éxito vienen asociadas, son las imágenes que se proyectan diariamente en la televisión, es la sublime ideología del neoliberalismo: riqueza, poder, blanqueadad y herencia colonial, se asociaron en el Perú neoliberal dando vida al pituco. Dado que su poder hegemónico, entonces, sus actitudes se volvieron mecanismos que generan regímenes de verdad provocando que para ser blanco, rico y exitoso en el Perú neoliberal hay blanquearse; para estar saludable, hay que comprar un seguro privado; para estudiar, hay que pagar. El 70% de la población –a diferencia de los blancos pitucos que representan el 14% del 2%-, entonces, tiende a justificar esas reglas autoimpuestas y sutilmente reforzarlas. De esta forma crean una pirámide social basada en la raza y dominada por la hegemonía pituca. La sociedad peruana se debate por colocarse en esa pirámide social y cada escalón trepado es una persona que se pisotea por debajo. Esa actitud nos gobierna, y como mencioné líneas arriba, son dos caras de la misma moneda: las formas de comportamiento asociadas con la hegemonía pituca se proyectan de la vida diaria al Estado.

Algunos ejemplos:

Dado que los pitucos blancos (el 14% del 2% del Perú) heredaron la fortuna en su gran mayoría del robo de las arcas estatales, el hecho de ser pituco, no está relacionado con el esfuerzo o el trabajo. Es como si mágicamente fueran ricos, blancos y pitucos a la vez, sin explicación aparente. No hay una historia de éxito detrás. Es la herencia colonial. Traslademos esto a la sociedad, como dice Neyra, mágicamente toda la clase política cuando obtiene un cargo público quiere ser rica de un día a otro, sin mayor esfuerzo y esto es visto como legítimo. Alguna vez, en un reunión, un amigo aprista me mencionó entre broma y en serio que “antes sólo robaban los pitucos, desde que el APRA llegó al poder, eso es diferente”.

Otro ejemplo de la proyección del comportamiento pituco al Estado, es claramente la educación. Hace poco asistimos el espectáculo de una mujer diciendo que a otros colegios de Lima solo iban cholos, mientras insultada a su marido por no poder pagarle a su retoño el Markham. El valor educativo de los colegios de paga en el Perú no supera al de cualquier pueblo alemán, como digamos, Marburgo. Pero el hecho de pagar para ser es la coartada pituca para excluir, y esto se proyecta en la política: durante la época de la Ministra Martens, el viceministro judío –y pituco– Jack Zilberman Fleishman, renunció a 6 meses de tomar el cargo justo antes de ingresar a una negociación con el SUTEP, en su modelo mental, no podía conversar y negociar con maestros mestizos e indígenas (el 70%) que en gran medida viven cerca de la línea de pobreza como usualmente haría en algunos docentes de colegios pitucos donde él frecuenta. Más aún, ninguno de los trabajadores pitucos del MINEDU durante la época de la Ministra Martens y Saavedra, tenían a sus hijos estudiando en colegios públicos. Ellos pagaban por otro tipo de educación. En otras palabras cobran plata del Estado y la trasladan al sector privado, mientras trabajan –supuestamente- en la mejora del sector público. Esta desconexión mental y social es generalizada en la población pituca. En la actitud pituca, su paso por el Estado es un favor, no un trabajo. Ese es el 14% del 2%.

Hay males adicionales que son producto de la hegemonía del poder que (in)tencionalmente los pitucos refuerzan y que genera infelicidad: familias peruanas enteras podando las raíces de su pasado para ser parte del hegemón pituco. Indígenas que tienen que aprender español porque un Estado forjado en criterios pitucos no los reconoce como seres humanos sino es cuando ellos –los indígenas– aprenden otro idioma ajeno al suyo. La hegemonía pituca hace que nos neguemos para ser parte de ella. Negar nuestro color de piel, costumbres, formas y procesos individuales. Negar la historia personal de cada uno, a nuestras familias a nuestro rostro, nuestra historia. En repetidas oportunidades he asistido al triste espectáculo de destrucción de familias tratando de comprar formas de vida que no pueden pagar solo para pretender ser. He sido testigo de la soterrada exclusión de círculos sociales por el sólo hecho de tener un opinión distinta sobre el gobierno del Estado. He sido testigo de cómo amigos no blancos (y no pitucos) tienen que negarse a sí mismos para mantener amistades que les redituaran en consultorías en el Estado, amigos que se niegan a criticar lo evidente por el temor a no ser. Así es como opera el hegemón pituco. Prevenir la crítica antes de formularla, bajo el temor de caer más escalones debajo de la pirámide social mental de la sociedad. Por si no lo ha notado aún, amigo lector, de eso se trata el poder: detener procesos de recambio, detener los cuestionamiento sociales y asumir, sublimemente, la ideología hegemónica. Romper con dicho proceso es doloroso. Los pitucos tienen mecanismos de exlusión interesantes: círculos que se cierran, miradas que te sobrepasan sin objetivarte, entre tantos otros. La exclusión es su mecanismo de operación y defensa. Pero sólo funciona, si la contraparte juega el rol de víctima.

Una anécdota. En mi paso por el sector educación, SUNEDU y MINEDU, hace un año tuve la oportunidad de observar cómo funcionarios públicos pretendían aplicar criterios de exclusión en universidades públicas: pagos selectivos, el recorte de comedores universitarios, residencias para estudiantes de provincia, exámenes generales para preseleccionar desde el colegio quién podía y quien no ir a la universidad. Los pitucos del MINEDU de la época Martens no entendían y las opiniones discordantes contra la hegemonía –su hegemonía–. Ellos, claramente, entendí, en su lógica pituca, que se basa en la racialización de las relaciones sociales y gubernamentales, pretenden extender sus privilegios al aparato estatal. Estaban seguros de que, como ellos, el 70% no blanco e indígena del Perú podía pagar su educación. Que, como ellos, aplicar un examen de una sola oportunidad para entrar a la universidad era suficiente. Ellos nunca comprendieron en su experiencia –muchos provenientes de la Universidad del Pacífico– que sus universidades tienen una tasa de ingreso del 40 al 50%, mientras en gran mayoría de las públicas las tasas van del 12 al 4% (en el caso de la UNI). Genuinamente pensaban que ordenar ese servicio de comida, quiero decir, ingresar a sus universidades, es similar al proceso de admisión en una pública. No saben cuánto tiempo y esfuerzo ponen familias enteras en materializar el sueño de ingresar a la universidad. Ellos piensan que, como ellos, es un paseo por un centro comercial donde puedes ordenar la carrera que desees, junto con un plato de salchichas para llevar.

Y genuinamente pensaban que estaban ayudando. No estaban ahí para servir, sino, para autovalidarse: son fruto de los mecanismos que hacen que el sistema permanezca como está a través de la aproximación paternal a los no blancos. Es como decir: “Yo desde mi pirámide social te ayudo a ti a salir del hoyo donde te encuentras y por eso trabajo en el Estado”. Estos son mecanismos de caridad que individualizan la transformación del Estado y la detienen. Son los parches que los pitucos emplean para perpetuar el sistema.

Dentro de esta lógica, entonces, en una sociedad fundada en criterios raciales, que emplea la exclusión y la caridad como tecnologías del poder para perpetuarse en la pirámide social, protestar es motivo de vergüenza, así como lo es el color de piel, la pobreza y la marginalidad, hablar quechua, aymara, ser indio, ser negro, ser cholo. En un estado racializado como el peruano, cuya hegemonía pituca gobierna: ser por sí mismo, es motivo de vergüenza.

Retornando al concepto de élites, es claro que la hegemonía pituca no tiene cabida dentro del concepto dirección del Estado, por que esta no dirige. Ergo, no es élite, ni lo opuesto a ella. Es una lumpen clase y como tal parasita las estructuras del Estado aún no siendo parte de él, lo hace a través de la hegemonía. La racionalidad, el motivo de ser de los pitucos es, entonces, excluir a través de la racialización y perpetuar el sistema a través de la caridad individualizada. ¿Cómo hacemos para romper con esta lógica?¿Hay alguna salida? Sí, pero no es pacífica, es contenciosa.

Te lo explico en la tercera parte, el avión ya aterrizó y debo tomar el bus a Nicosia.

Lárnaca, 8 de abril del 2018.

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