A las 6:58 p. m., antes de que prenda la luz roja, el estudio huele a laca, café recalentado y pánico con corbata. El conductor practica la cara de “yo solo informo”, como todos los periodistas peruanos, mientras el productor le sopla por audífono qué sí entra y qué se manda a la refri del olvido. Así opera el backstage televisivo: HD para la cara y modo avión para la vergüenza.
El tema no es contra “la gente”; es contra el mecanismo que vuelve a los periodistas peruanos maniquíes con dicción. En pantalla te venden neutralidad; detrás se negocian silencios, egos, llamadas y “sugerencias” con tono de “solo te aviso, causa”. Y si preguntas por qué, te responden con jerga: “línea editorial”. Traducción: acá manda el miedo, y el miedo cobra puntual.

La verdad entra por la puerta de servicio
El conductor no decide; lee. Decide una cadena que no sale al aire: editor, jefe de prensa, abogado del canal y el ejecutivo que jamás pisa redacción pero igual mete tijera. Si el tema incomoda a alguien con poder, se “matiza”. Si incomoda al ciudadano común, se “profundiza” con zócalo rojo y música de apocalipsis.
El truco es normalizar lo absurdo con lenguaje de oficina: “se viene coordinando”, “se evaluará”, “se hará seguimiento”. El país arde, pero el noticiero “monitorea”. Y cuando alguien insiste en llamar a las cosas por su nombre, lo etiquetan de problemático, de radical, de “no entiende cómo funciona la tele”. Como si la verdad fuera un practicante que hay que enderezar.
En la pantalla, el conductor se indigna por turnos. Hoy se golpea el pecho por el pueblo; mañana “equilibra” al pueblo con el vocero que lo quiere calladito. No es incoherencia: es supervivencia. El backstage televisivo es un trámite largo donde la moral se firma en copia simple y se archiva con sello húmedo.
Casos donde el set se quedó sin maquillaje
América TV y Canal N 2021, la “purga” que olía a elección y a pasillo
En junio de 2021, el cambio de dirección periodística en América TV y Canal N reventó por dentro. Se habló de recortes, de presiones y de una redacción caminando en puntitas para no pisar el cable pelado. En esa crisis renunciaron Hugo Coya, Raúl Tola y Josefina Townsend, en medio de un debate público sobre cobertura electoral y “principios” que, en tele, duran lo que dura un auspicio.
El detalle más asquerosamente peruano fue el tono corporativo: nadie dijo “nos están presionando”; dijeron “hay discrepancias”. Nadie dijo “censura”; dijeron “ajuste editorial”. Es la misma cochinada, pero perfumada. Y mientras el país se mataba discutiendo, el noticiero seguía saliendo, porque la dignidad no paga la luz del estudio.
Mávila Huertas 2021, cuando el programa no salió al aire y el silencio habló por ella
Octubre de 2021: programa conducido por Mávila Huertas en Canal N, no salió al aire un jueves. Circularon versiones sobre el vencimiento de su contrato y la decisión de no renovarlo. En cristiano: te apagan como tele viejo y luego te dicen “gracias por su entrega”, como si el periodismo fuera voluntariado con ojeras.
Lo brutal no fue el corte; fue la forma. En el backstage televisivo, el conflicto se resuelve con silencio, no con explicación. Y el silencio es un comunicado sin firma: todos entienden quién manda, nadie lo escribe. Esa es la escuela de los periodistas peruanos: aprender a leer lo que no se dice, porque lo que se dice siempre viene peinado.
TV Perú, cuando los periodistas peruanos leyeron un comunicado para frenar la censura
Noviembre de 2020, en medio de protestas, crisis y furia: en Edición Noche de TV Perú, Enrique Chávez y Carla Harada leyeron un comunicado firmado por periodistas rechazando intentos de censura y lamentando salidas de directivos. O sea, periodistas peruanos recordándole a su propia casa que “televisión pública” no significa “televisión asustada”.
Ese momento fue raro y hermoso: el set, diseñado para la compostura, se convirtió en trinchera de cortesía. Sin gritos, pero con ese temblor que solo aparece cuando el miedo ya se hartó. Y ahí el mecanismo quedó desnudo: si no hablas, te cortan; si hablas, te miran feo, pero al menos existes.
Manual del poder mediático para que nadie se ensucie
Estos casos no son excepción; son el sistema mostrando los dientes. En el poder mediático, la verdad se negocia como estacionamiento: “un ratito”, “solo hoy”, “no te metas”. Se arma mesa, se redacta correo, se “alinean criterios”, y listo: noticias y polémicas en formato seguro, sin tocar al que paga, sin nombrar al que llama.
Un asesor ficticio del Colegio Peruano de Caras de Poto lo resumió con calma: “La credibilidad es un activo”. Exacto: se envasa, se etiqueta y se vende. Y cuando se vence, cambias conductor, cambias set, cambias slogan, y el público se lo traga como siempre: rápido y con cara de que entiende.
Cuando se apaga la luz roja, el conductor baja el volumen y sube el cansancio. Mañana volverá a leer “último minuto” con la misma solemnidad, aunque por dentro esté renegando. Porque en TV la verdad no se cae: la acomodan. Y a veces la acomodan tan bonito que parece virtud.
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