El caso Odebrecht llegó al Perú como llegan las plagas finas: con terno, PowerPoint y sonrisa de “inversión”. Nadie vio venir que debajo de la obra grande había un sistema de sobornos políticos aceitado que parecía servicio público. Cuando explotó, no “destapó” corrupción en Perú: confirmó que el país venía viviendo en una coima. Y encima todos se hicieron los sorprendidos, bien frescos.
En este cuento no hay villano solitario. Hay red, operadores, empresas y Estado. Y hay políticos que hablaban de patria mientras firmaban “prioridades nacionales” y, según la justicia, cobraban por debajo de la mesa. Elegante y asqueroso.
Lava Jato y el día en que la coima se volvió noticia internacional
El escándalo de Lava Jato reventó en la región y Odebrecht terminó siendo el nombre más repetido del continente. El caso Odebrecht en Perú se conectó a esa ola: contratos, obras, intermediarios y el mismo patrón, solo que esta vez con documentos, delaciones y fiscales que no querían hacerse los locos. Duró años, porque en Perú la verdad avanza con la velocidad de una cola de banco.
Cada revelación sonaba a “se inició investigación”, “se formalizó”, “se reprogramó audiencia”. Lenguaje de oficina aplicado al saqueo.

Cómo funcionaba la máquina sin que nadie se haga el inocente
El mecanismo era simple: pagar para ganar, ganar para cobrar, cobrar para seguir pagando. El soborno no venía con pasamontañas; venía con contrato. La obra no se vendía como negocio; se vendía como “integración”, “desarrollo”, “progreso”. Y mientras el país aplaudía la carretera, la carretera aplaudía la cuenta bancaria.
La corrupción en Perú se volvió un trámite con sello. Si querías obra, tenías que hablar con el “gestor”. Si querías licitación, tenías que “aceitar”. Y si querías dormir tranquilo, mejor no preguntes. Así se construye un país: con cemento y concha.
Un “especialista” ficticio de la Cámara Peruana de Explicaciones Indecentes lo dijo serio: “La inversión necesita incentivos”. Incentivos, claro, como si la coima fuera promoción de supermercado.
A quiénes mandó a la cárcel el caso Odebrecht
Acá viene lo que la gente quiere saber: el caso Odebrecht no solo dejó memes; dejó barrotes. En octubre de 2024, el Poder Judicial condenó a Alejandro Toledo a 20 años y seis meses de prisión por colusión y lavado de activos por el caso Interoceánica Sur (tramos 2 y 3), vinculado a sobornos de Odebrecht. Esa sentencia fue el “por fin” más amargo del país: llegó tarde, pero llegó.
En abril de 2025, el Poder Judicial condenó a Ollanta Humala y Nadine Heredia a 15 años de prisión por lavado de activos agravado, por dinero ilícito que, según el fallo, financió campañas y estuvo ligado a aportes de Odebrecht. La justicia ordenó encarcelamiento inmediato. El mensaje fue claro: en Perú la campaña también puede ser escena del crimen.
Y el resto del elenco no está libre de sombra: el caso Odebrecht ha implicado investigaciones y procesos contra otros líderes, funcionarios y empresarios. Ha servido para empujar al país a una era donde “expresidente” suena a sala de audiencias.
La política peruana aprendió a vivir con el escándalo como clima
Lo más tóxico del caso Odebrecht es lo rápido que el país se acostumbró. Primero fue indignación total, luego cansancio, luego “otro más”, y finalmente la aceptación silenciosa: así es. El escándalo se volvió parte del calendario, como Fiestas Patrias, pero sin bandera y con abogados.
Los congresos de turno se rascaron los huevos con solemnidad, armando comisiones que a veces parecían decoración. El Ejecutivo sacaba comunicados con cara de poto. Los partidos se echaban la culpa como familia en cena: todos gritan, nadie lava los platos. Y el ciudadano, que no puede renunciar al país, sigue pagando el pasaje.
El daño colateral que nadie mide en cifras porque da vergüenza
Odebrecht no solo enterró gobiernos: enterró confianza. Cada obra grande empezó a oler a trampa. Cada licitación parecía sospechosa por default. Cada “megaproyecto” sonaba a megacoima. Ese es el verdadero impuesto: no lo ves en tu boleta, pero te lo cobran en fe.
Un burócrata ficticio del Ministerio de Normalización del Desastre lo resumió: “La gobernabilidad se gestiona”. Ajá: se gestiona como se gestiona la basura, dejándola en la esquina hasta que apeste más.
El megajuicio eterno y la sensación de que todo queda a medias
El caso Odebrecht en Perú ha producido sentencias, prisiones y procesos, sí. Pero también ha dejado esa sensación peruana de “casi”: casi justicia, casi reforma, casi limpieza. Porque el sistema castiga a algunos, negocia con otros, y siempre se demora lo suficiente como para que el país cambie de tema por agotamiento.
Aun así, el caso Odebrecht dejó una lección útil: cuando hay cooperación, documentos y jueces que no se hacen los locos, el poder también sangra. No lo suficiente para curarnos, pero lo suficiente para que duela. en el Perú, la coima no era el secreto; el secreto era quién la cobraba con recibo. Lee El Panfleto en Política.




