Arrancan las elecciones peruanas y el país vuelve a presenciar el fenómeno más estable de nuestra democracia: el retorno de políticos peruanos que solo aparecen cuando huelen urna, como si el voto fuera su temporada alta y el resto del año estuvieran hibernando en una notaría.
Llegan con su chaleco, su sonrisa de foto actualizada y la misma promesa reciclada que ya pasó por tres campañas inútiles, dos imprentas y una asesoría de “rebranding”. El sistema los atiende igual, como ventanilla que ya perdió la fe y solo quiere que firmes para que pase el siguiente.
Se aprueba la terquedad como servicio esencial del Estado
Aquí la insistencia no es rasgo de personalidad: es política pública. En el Perú, perder no te saca del juego; te vuelve “conocido”. Y ser conocido, en el ecosistema electoral, es como tener carné de comedor: no garantiza calidad, pero asegura plato.
Los candidatos repetidos dominan un arte: convertir el rechazo en combustible y la vergüenza en “trayectoria”. Pierden una vez y hablan de aprendizaje. Pierden otra y hablan de madurez. Pierden otra y ya hablan de persecución cósmica, como si el universo tuviera algo personal contra su powerpoint.
Para sostener el numerito, existe toda una burocracia emocional: asesores que redactan comunicados como si fueran recetas médicas, operadores que “articulan bases” como quien arma una pollada, y partidos que se acomodan a cualquier cuerpo con tal de seguir respirando. La ideología es decorativa; lo importante es la inscripción.
Un “especialista” ficticio de la Asociación Peruana de Migajeros Institucionales lo resumió con cara de funcionario: “No es que siempre pierdan, es que se mantienen vigentes”. Traducción: no ganan, pero estorban con consistencia.

Ranking de políticos peruanos que reaparecen como deuda vieja
Este es un ranking de resistencia a la realidad. Algunos casos de políticos peruanos que “solo aparecen cada elección” y vuelven a tentar el mismo premio como si el historial fuera un rumor.
Keiko Fujimori
Ha postulado a la presidencia en 2011, 2016 y 2021 sin lograr llegar al sillón. La clave es su disciplina: cae, se sacude el polvo, culpa al clima político y vuelve a presentarse como si el país hubiera olvidado el capítulo anterior. A estas alturas, su candidatura es una tradición: como panetón en diciembre, aparece aunque nadie lo haya pedido.
Verónika Mendoza
Intentó llegar a la presidencia en 2016 y volvió a intentarlo en 2021. Su sello es la fe: habla como si la política fuera seminario permanente y el electorado fuera alumnado obediente. Cuando no cuaja, la explicación siempre suena a “faltó pedagogía”, como si el problema fuera que el país no leyó el manual. Reaparece igual, con la misma serenidad de quien manda audio largo y se ofende porque lo dejan en visto.
César Acuña
Buscó la presidencia en 2016, pero fue excluido del proceso electoral por decisión del Jurado Nacional de Elecciones (según la cobertura de ese momento), y en 2021 volvió a tentar la presidencia por segunda vez. Su talento no es ganar: es mantenerse en campaña como estado mental. Es el único candidato que puede perder antes de competir y aun así venderlo como experiencia.
Lourdes Flores Nano
Fue candidata presidencial en 2001 y 2006, y además postuló a la Alcaldía de Lima en 2010, donde reconoció su derrota frente a Susana Villarán. Si la política peruana fuera una obra, Lourdes es ese personaje que siempre vuelve para “una última vez” y termina haciendo temporada completa. La constancia es admirable, pero en términos electorales suena como insistirle al banco con una tarjeta vencida: te atienden, te escuchan, y te dicen que no.
La industria de la campaña inútil y el empleo del humo
Lo realmente delicioso, en el sentido trágico, es el mecanismo que permite que esto sea normal. Cada campaña se monta como feria itinerante: local prestado, gigantografía heroica, parlante que grita el nombre como si vendieran detergente y un equipo de gente pagada para aplaudir con cara de “esto me cuenta como chamba”.
La campaña inútil tiene su propio lenguaje administrativo: “se fortaleció el territorio”, “se consolidó el mensaje”, “se intensificó el contacto con el ciudadano”. Todo suena serio hasta que recuerdas que el candidato está postulando por tercera vez y el plan sigue pareciendo tarea hecha a las once y cincuenta y nueve.
Los fracasos electorales se convierten en insumo. No se esconden: se maquillan. Se venden como “experiencia”. Se ponen en el CV como si perder fuera una maestría. Y el sistema, feliz, los deja circular porque al final la boleta necesita relleno: opciones para que parezca elección, aunque sea catálogo.
Un asesor ficticio, de esos que viven del eufemismo, lo dijo sin pestañear: “La candidatura no es para ganar, es para posicionar”. Claro: la presidencia como excusa publicitaria, y el país como público cautivo.
Se cierra el trámite y se abre la próxima boleta, la historia favorita de los políticos peruanos
Al final, las elecciones peruanas avanzan y el país vuelve a firmar sin leer, porque está cansado y porque el show viene con sello oficial. Los políticos peruanos que reaparecen cada ciclo ya entendieron la jugada: mientras exista proceso, existe vitrina; mientras exista vitrina, existe candidatura; mientras exista candidatura, existe la posibilidad de vivir del ruido.
No están enamorados del país. Están enamorados del acto de postular, esa ceremonia donde se sienten importantes aunque el resultado los devuelva a su tamaño real.
En el Perú, la derrota no te retira: te reimprime. Si quieres más notas con corbata y cuchillo, pasa al archivo de El Panfleto o a la sección Política.




