El país hace cola para sobrevivir y, en paralelo, los millonarios de Perú hacen cola para cobrar. Tú peleas por el vuelto del micro; ellos pelean por el vuelto de una licitación con corbata y sonrisa de PowerPoint. En esta película el agua entra por el techo, pero el jacuzzi sigue funcionando, y encima te dicen que es “resiliencia”.
Veremos cómo la élite peruana convierte la crisis económica en rutina de gimnasio: “aprieta”, “optimiza”, “capitaliza”. Si te incomoda: la desigualdad económica no se agranda sola, se gestiona con agenda, reuniones y frases que suenan bonitas mientras te pisan el cuello.

La crisis como combustible y el país como alfombra
En el Perú, la crisis no frena a los grandes: les da descuento. Cuando todo está inestable, el que tiene espalda compra barato, contrata barato, presiona barato y luego te da una charla de meritocracia con aire acondicionado. La tragedia nacional se vuelve “oportunidad”, y el hambre se convierte en “reajuste”.
Cuando el mercado tiembla, el poder financiero no se asusta, se acomoda. Si sube el dólar, te explican que “es coyuntura”. Si sube el pollo, te dicen que “es la cadena global”. Si sube la bronca, te piden calma. Y si preguntas por qué siempre ganan, te responden “productividad”, como si el país fuera una empresa y tú un practicante sin viáticos.
Un vocero ficticio de la Asociación Nacional de Beneficiados de Siempre lo resumió con voz de gerente: “Nosotros no acumulamos, gestionamos valor”. Ajá. Gestionan tu paciencia nomás.
El PDF, la letra chica y la ingeniería del silencio
La fortuna no se muestra, se disimula. No te enseñan billetera; te enseñan filantropía, foto con casco, donación con logo gigante y premio que se dan entre ellos como si el aplauso fuera moneda. La pregunta no es “cuánto tienen”, sino “cómo se blindan”.
La información existe: registros, balances, contratos, arbitrajes, licitaciones. El problema es que todo viene en PDF, en letra chica y con el mensaje tácito de “no jodas”. El Estado se vuelve laberinto: si quieres entender, te cansas; si te cansas, ellos ganan. Y cuando alguien insiste, aparece el truco final: el cansancio social. Acá la indignación dura menos que un corte de luz.
Por eso la gente mira filtraciones como quien mira mapa del tesoro: no por deporte, sino porque ahí se ve el esqueleto. El morbo no es vicio; es autodefensa.
Corrupción empresarial sin maletín y lobby con colonia cara
La corrupción empresarial rara vez se grita. Se cocina en reuniones, se firma en adendas, se empuja en pasillos y se bendice con un “cumplimos la norma”. El truco no es hacer lo ilegal en público; es hacer lo inmoral en privado y vestirlo de legalidad, con papel membretado y sonrisa cínica.
Funciona así: pides una regla y te llaman antiinversión. Pides fiscalización y te dicen exceso de burocracia. Preguntas por impuestos y te sueltan la amenaza sentimental: “se va la inversión”. El país como rehén y ellos como secuestradores con corbata, qué elegancia, carajo.
Y aparece la puerta giratoria: hoy regulas, mañana asesoras, pasado “analizas” en TV. Siempre neutral, siempre técnico, siempre con esa cara de “yo solo opino”, mientras la opinión coincide demasiado con el interés de la élite peruana. Un consultor ficticio del Instituto Peruano de Puertas Giratorias lo dijo serio: “La política pública debe ser predecible”. Traducción: que no joda mi negocio.
Ranking de millonarios de Perú que flotan mientras el país traga agua
- Eduardo Hochschild. Minería y apellido que suena a “el tema ya está visto”. Cuando el país se hunde, él flota en lancha y te cobra el chaleco.
- Familia Brescia. Si Perú fuera edificio, ellos serían la administración con llave del ascensor y del sótano. Nadie los elige, pero todos los sienten.
- Familia Romero. Aparecen en todo como el arroz: banca, comercio, gremios, opinión. No es omnipresencia, es “diversificación”, dicen.
- Carlos Rodríguez-Pastor y el universo Intercorp. Cambia el rubro, no cambia el tamaño de la influencia. Te vende desde el banco hasta el discurso de “innovación”.
- Familia Rodríguez. Te alimenta, te construye, te cobra, y luego te explica que la desigualdad económica se arregla “emprendiendo” con un post motivacional.
El final feliz nunca es tuyo
El problema no es que exista gente con plata. El problema es el sistema que convierte la riqueza en llave maestra: abre puertas, apaga multas, estira plazos, y cuando hay escándalo, compra silencio o compra tiempo. El ciudadano paga el precio de todo y decide casi nada: pasaje, comida, miedo, y el combo de “regrese mañana”.
Los millonarios de Perú acumulan porque la crisis es su cancha, el trámite su escudo y el privilegio su cinturón de seguridad. A ti te piden paciencia; ellos piden una llamada. A ti te dan cola; ellos tienen puerta lateral. Y cuando el país se hunde, ellos no se mojan: se mudan de tabla y siguen dando consejos.
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