Si alguna vez te preguntaste por qué los congresistas peruanos cambian de partido como quien cambia de canal cuando sale publicidad, la respuesta es bien peruana: porque en el Congreso la “camiseta” no es identidad, es ubicación estratégica. Y la estrategia acá no es ajedrez, es tragamonedas: jalas palanca, ves si sale premio, y si no sale… te vas a otra máquina con la misma cara de “yo siempre fui de aquí”.
Esto se llama transfuguismo, pero en versión local debería llamarse “mudanza emocional con viáticos”. Hoy están indignados “por principios”; mañana están con otros “por gobernabilidad”; pasado se declaran “independientes” para negociar sin que los miren feo. Es como ver a un gato con corbata caer siempre parado, solo que el gato al menos tiene dignidad y no te da un comunicado en PDF.
El Congreso es un mercado: acá no se milita, se cotiza
En teoría, un partido es ideas, disciplina y una visión. En el Perú, muchas veces es un logo, un chat y un Excel con cupos. Por eso los congresistas peruanos se cambian: porque el sistema premia al que se vuelve útil. ¿Útil para qué? Para mover votos, armar mayorías momentáneas, reventar acuerdos, destrabar leyes, o sabotearlas con sonrisa de “yo solo hago mi trabajo”.
En un Congreso fragmentado, ser “bisagra” es el verdadero superpoder. El congresista bisagra no representa una causa: representa su capacidad de decir “yo te apoyo, peeeero…”. Ese “pero” es la caja registradora de la política. Y lo más negro del chiste es que lo llaman “pragmatismo”, como si vender tu voto fuera una virtud administrativa.

“No es por interés, es por valores” y otras mentiras de los congresistas peruanos que ya dan alergia
El transfuguismo viene con su liturgia. Primero, el drama: “me voy por discrepancias irreconciliables”. Luego, la pose: “me debo al pueblo”. Después, el maquillaje: “hemos formado un bloque democrático”. Y al final, la cereza: “no es transfuguismo, es coherencia”. Claro, campeón. Tan coherente que tu coherencia cambia cuando cambia la correlación de fuerzas, como panza de combi en hueco.
Acá nadie te dice “me moví porque allá ya no me daban espacio”. Nadie te dice “me moví porque me conviene”. Se inventan una novela moral para que tú aplaudas como lorna: “qué valiente”. Valiente es pagar el alquiler, no cambiarte de bancada y venderlo como si hubieras cruzado los Andes descalzo.
Partidos de cartón: te subes para llegar, te bajas para cobrar
Los congresistas peruanos cambian de partido porque muchos partidos se construyen como combi electoral: sirven para llegar al cargo y luego se desarman a los pocos meses, cuando toca trabajar de verdad. Sin disciplina, sin estructura, sin ideología real, la bancada se vuelve un mercado interno de cuotas y egos. Y cuando el negocio se desordena, se rompen.
No se rompen por debate doctrinario. Se rompen por hambre. Por puestos. Por protagonismo. Por quién se sienta dónde. Por quién “coordina”. Por quién sale en la foto. Es como una familia que se destruye no por valores, sino por quién se queda con la herencia. Solo que acá la herencia es el Estado y el velorio dura cinco años.
La democracia paga la cuenta mientras ellos se cambian de silla
El impacto no es solo “qué vergüenza”. Es real: tú votas por una oferta política, por un equipo, por una lista… y terminas representado por otra cosa. Es como comprar pollo entero y que te entreguen solo el ala diciendo “es evolución del producto”. No, pues. Te cambiaron el contrato después de cobrarte.
Y eso revienta la estabilidad: alianzas que duran lo que dura el cálculo, agendas parchadas, votaciones convertidas en subasta silenciosa, y leyes que no nacen de debate sino de transacción. La representación se vuelve un chiste caro: el ciudadano elige, el congresista se muda, y luego te explican con tono serio que “la política es dinámica”.
Sí, dinámica como la diarrea: rápida, impredecible y siempre te deja con culpa aunque tú no hiciste nada.
Los congresistas peruanos se cambian porque pueden… y porque les sale rentable
Los congresistas peruanos cambian de partido más rápido que de camisa porque la camisa te exige lavarla. El partido, en cambio, no te exige nada. Y el sistema no solo lo permite: lo premia cuando esa mudanza te vuelve clave para el cambalache.
Mientras la política siga funcionando como feria y los partidos como envases descartables, el transfuguismo seguirá siendo la especialidad de la casa: “hoy por el país”, “mañana por la gobernabilidad”, “pasado por mi conciencia”, y siempre, siempre, por conveniencia.
Para más realidad dura date una vuelta por El Panfleto. Acá la “gobernabilidad” no se celebra: se revisa como boleta inflada y con sospecha razonable.




