El Perú descubrió que la justicia tenía “tarifario” cuando reventaron los audios de los cuellos blancos del puerto. No fue chisme de pasillo: fueron grabaciones telefónicas obtenidas en interceptaciones lícitas que nacieron de una investigación previa por crimen organizado y terminaron mostrando a magistrados y operadores tratando la ley como si fuera una mesa de partes con propina. El escándalo no “cambió al país”; solo le quitó la venda. Y la venda ya olía a coima.
La parte más enferma es que nadie hablaba como delincuente. Hablaban como oficina. “Doctor”, “hermanito”, “vemos el tema”, “coordina”. La corrupción judicial sonaba a agenda de Outlook: reuniones, favores, ascensos, y el clásico “te debo una” que en el Callao no es cortesía, es moneda.
Y cuando alguien finge sorpresa, da risa: este país ya sabía que había jueces corruptos, solo no tenía el audio para ponerles nombre y cara. El “crimen organizado” que motivó la interceptación terminó señalando otro crimen: el de vender justicia con voz amable. Qué lindo servicio, qué mierda, nomás.

Los audios que hicieron a la toga quedar como mandil de mercado
Los audios no “revelaron” la corrupción judicial: la narraron con voz de compadre. Ahí no hay solemnidad, hay gestión: “hermanito”, “coordina”, “yo lo veo”. La justicia peruana sonaba como cabina de radio en hora punta, pero en vez de pedir canciones, pedían favores con toga.
Lo más asqueroso es la naturalidad. Nadie susurraba como delincuente; hablaban como si estuvieran cuadrando un almuerzo. Y esa es la puñalada: cuando el delito ya es rutina, hasta el “doctor” te estafa con buenos modales. El ciudadano cree que “la justicia demora”; en los audios se entiende que a algunos no les demora nada, porque entran por la puerta lateral, con sonrisa y número VIP.
Walter Ríos y César Hinostroza en combo, la justicia como central telefónica del “ya, yo lo arreglo”
Walter Ríos aparece como el operador de call center que no resuelve por ley, resuelve por agenda. En el mundo cuellos blancos, la Corte no es institución: es central telefónica. Tú no presentas escrito, tú llamas. Y él, con tono de oficina, te deja el trámite “en proceso”, o sea, en manos de su gente.
Y luego está César Hinostroza, el “Doctor” supremo que en audios difundidos aparece en modo coordinador social: citas, contactos, favores, el famoso guiño de “la Señora K” como si fuera clave de pedido. También aparece el “hazme un favor” dicho con tranquilidad criminal: la justicia como WhatsApp, el fallo como “manito”. Con eso, el sistema ya no parece Poder Judicial: parece servicio al cliente, pero para los que no deberían tener cliente.
El negocio era simple: jueces corruptos, favores rápidos, justicia VIP
Así se pedía el favor: sin decir “coima”, pero oliendo a coima. Se pedía con eufemismo elegante: “apóyame”, “hazme el servicio”, “ve el tema”. Y se respondía peor: “ya, hermanito”. La corrupción judicial funcionaba como taxi: si eres pata, te llevan directo; si eres ciudadano, te dicen “no hay sistema” y te mandan a hacer cola.
En reportes del caso aparecen pedidos para mover piezas como si fueran muebles: sacar a una magistrada porque “no conviene” (o porque “es lenta”), colocar a alguien “de confianza”, destrabar citas, asegurar puertas. Justicia VIP: tú no litigabas, tú coordinabas. Y mientras el país cree que el expediente es sagrado, los cuellos blancos lo trataban como menú: “¿qué te sirvo hoy, causa o sentencia?”
Fiscalía, acusaciones y la reforma que suena a shampoo nuevo
Después del shock vino la parte peruana: el expediente eterno. Audiencias, imputaciones, defensas, recursos. En marzo de 2025, el Ministerio Público informó que acusó a 46 imputados por organización criminal y otros delitos en el caso. O sea: no era un par de “manzanas podridas”; era una canasta completa, con etiquetas y todo.
El escándalo empujó reformas. El CNM fue reemplazado por la Junta Nacional de Justicia (JNJ) tras la reforma constitucional de 2019 y su ley orgánica en 2019. Cambió el nombre, cambió el diseño, y el país aplaudió como si cambiar el rótulo arreglara la fuga. Es como ponerle colonia a un cuarto con basura: ayuda un rato, pero la peste vuelve si no sacas la mugre.
Y la mugre, acá, era cultural: la idea de que todo se arregla “por contacto”. Los cuellos blancos del puerto dejaron una certeza que duele: si la justicia se vende, el país entero queda en alquiler. Y sí, se puede reformar, acusar y perseguir, pero mientras el peruano siga creyendo que el camino es “conocer a alguien”, la mafia judicial siempre tendrá clientela. Si quieres más mugre con sello, sigue en El Panfleto.




